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lunes, mayo 18, 2015

El martes pasado, el presidente Juan Manuel Santos les contó a los colombianos que el país acababa de romper un récord. Por primera vez en la historia, más de la mitad de la población pertenece a la clase media. “Con mucho orgullo” explicó que, según el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), el 55 % de la sociedad ya se encuentra ahí. Y añadió que ahora su “mayor ilusión” es construir una nación “próspera y pujante”.

La emoción del mandatario era comprensible. Poco antes, unos delegados del BID le habían enseñado un documento estratégico que muestra cómo millones de colombianos han ido dejando la pobreza durante la última década y han empezado a vivir una mejor vida y a disfrutar de la posibilidad de ahorrar o gastar, de alimentarse mejor y mejorar su salud, de educar a sus hijos y de contar con el suficiente ocio para informarse, planear su vida, reflexionar y hacer respetar sus derechos.

Aunque la cifra del BID ha suscitado críticas, ya que otros métodos de medición podrían reducirla levemente, el estudio refleja una realidad que ningún conocedor del tema pone en duda. Colombia ha empezado a dejar de ser un país pobre y se está convirtiendo en uno de clase media.

Economía en ColombiaEl país se ha subido al tren de una tendencia global: dos tercios de la población mundial han alcanzado ese nivel. Y el aporte central a este desarrollo lo han hecho países emergentes como Colombia, cuya clase media, según The Economist, en los últimos años “no ha crecido, sino explotado”. En todos esos lugares, esa clase cumple un rol central: ser el motor no solo de la economía, sino de la vida social.

La mayoría de los expertos consultados por SEMANA considera que la irrupción de la clase media es un avance decisivo, y señala a los dos gobiernos de Álvaro Uribe y el primero de Santos como los responsables de la transformación, al haber convertido a la globalización y el buen clima de inversión mundial en un beneficio para el país.

A este análisis se suma uno de los estudios más importantes de los últimos años, realizado por el hoy ministro de Salud, Alejandro Gaviria, cuando era decano de Economía de la Universidad de los Andes. Allí muestra que la movilidad social ha sido el fruto de las políticas sociales de los gobiernos. En los últimos 13 años la economía ha crecido, el desempleo ha bajado y el Estado les ha tendido la mano a familias desfavorecidas, a jóvenes sin oportunidades y a ancianos en el abandono, y ha erigido un puente para salir de la miseria.

En 2002, la mitad de los colombianos ganaba menos de cuatro dólares al día, lo cual los ubicaba en la pobreza. De estos, 17, 7 % estaba en la pobreza extrema. Hoy el índice de pobreza es de 28,5 % y el de pobreza extrema de 8,1. Esta movilidad ha dado a luz una silenciosa pero poderosa revolución social. Quienes salieron de la pobreza accedieron a la clase vulnerable o la clase media, lo cual, en plata blanca, quiere decir que millones de familias aumentaron sus ingresos.

Según un cálculo de la Universidad de los Andes, una familia de cuatro personas en la clase vulnerable tiene hoy ingresos de entre 558.000 y 1.400.000 pesos mensuales. Y en la clase media, la misma familia gana entre 1.400.000 y 7.000.000. Especialmente quien se encuentra en esta última categoría puede gastar, como quiera, cerca de un tercio de sus ingresos.

Carro, casa y ‘smartphone’

El nuevo panorama despierta escepticismo en algunos sectores. La excongresista Cecilia López exclama: “¡Cómo dicen que somos un país de clase media! ¡No se nota!”. En efecto, el dato suscita cuestionamientos: ¿dónde están las comodidades propias del nuevo estatus: los viajes, los hobbies? Pero esta impresión surge de un estereotipo de la clase media estadounidense o europea, que no corresponde a la colombiana.

“Acá la clase media no es de jardín y piscina”, dice Rafael de la Cruz, representante del BID en Colombia. “Nosotros la vemos más bien como un grupo que superó la pobreza y que puede destinar parte de sus ingresos a adquirir bienes materiales”. Esto permite un dibujo más cercano a la realidad nacional. En Colombia, la clase media compra casa y carro, tiene tarjeta de crédito y teléfono inteligente y puede pensar en la educación de sus hijos y en la seguridad de su familia.

Según la Encuesta de Calidad de Vida del Dane, 95 % de los hogares tiene telefonía celular, 82 una nevera y 57 televisión por suscripción. La mitad usa internet, y 41 % tiene vivienda propia.

Esta foto de la clase media, sin embargo, queda incompleta si no se consideran otros dos aspectos fundamentales: que el movimiento social cambia también la forma como la gente se comporta y que conlleva riesgos que, si no se eliminan, podrían tener efectos complejos.

El crecimiento de la clase media ha empezado a cambiar la mentalidad de los colombianos. Aunque mantienen vivas sus tradiciones, ya tienden a aceptar y defender ideas propias de una sociedad más cosmopolita. Les importan todavía las creencias religiosas, pero como ya no deben luchar por el pan de cada día tienen el tiempo y los medios para ocuparse de sus intereses individuales: la calidad del colegio de los hijos, el desaseo del parque del barrio o, incluso, el calentamiento global o las atrocidades del Estado Islámico.

La Encuesta Mundial de Valores (EMV) da muestra clara de esa tendencia. Según la versión presentada a finales de 2014, 85 % de los colombianos siente que la religión es lo más importante en la vida, pero 96 % no tiene problema en tener de vecina a una pareja no casada, y al 65 % no le molestaría que ese vecino fuera homosexual.

“La protesta es normal”

Este cambio de valores ya tiene efectos, incluso en temas políticos y sociales. Las olas de indignación y protesta de los últimos años en el país se han gestado en el corazón de la clase media. Aunque por ahora no se trata de fenómenos como los indignados de Brasil o Turquía, donde la clase media también ha crecido, los expertos reconocen esos hechos como claves para entender las implicaciones de lo que significa un país de clase media. Especialmente, en una sociedad interconectada por internet y redes sociales. La secretaria general de la Presidencia, María Lorena Gutiérrez, se resiste a vincular los recientes paros nacionales directamente con la clase media, pero dice: “El país tiene que entender que la protesta es normal en el mundo avanzado, sobre todo cuando una sociedad madura”.

Y así, la revolución de la clase media conlleva también riesgos. El primero tiene que ver con la porción de esa clase que está en la vulnerabilidad. Según el BID, una tercera parte del 55 % de la gente que está en la clase media corre el peligro de caer nuevamente en la pobreza. El Departamento Nacional de Planeación, que mide la vulnerabilidad como una clase adicional, sostiene que esta ha aumentado levemente y que, hasta 2012, abarcaba 37,7 % de la población.

Un país de clase media no aceptará volver a la pobreza. Y en Colombia, donde la gente desconfía de las instituciones, se indigna con facilidad y sabe que salir a protestar es un derecho, el asunto podría convertirse en un búmeran para el gobierno. Atajar esta tendencia será el desafío del presidente Santos si de veras quiere dejar como legado una nación “próspera y pujante”. Y el foco deberá estar en el crecimiento económico, del cual, según expertos, “depende críticamente” la evolución de la clase media.// Semana (COM)


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